Yo, El Supremo
Apuntes arbitrarios: Un tipo tiene la fortuna de dictaminar el sino de semidioses, jugadores forrados, millones de hinchas y la bronca o felicidad de una nación.
Diré lo obvio: no hay fenómeno más televisado y visto en todo el planeta que una Copa del Mundo. La final de Qatar 2022, dice doña FIFA, tuvo al frente de una pantalla a unos 1.500 millones de personas; la Copa 2026, un diez por ciento más.[1] Agarrate, Catalina: no hay creencia más ecuménica que una camiseta de fútbol. El planeta se detiene por un mes y un cachito y los astrofísicos entran en pánico porque eso puede acelerar/desacelerar la rotación de la Tierra.
Una vez, hace ya casi veinte años, fui al Líbano. Nos subimos a una combi para recorrer Beirut. Íbamos todos tan distraídos —es lo que nos hace periodistas— con los ojos clavados en los esqueletos de esa ciudad duplicada y simulada —al lado de cada edificio reventado a balazos construían el mismo edificio, idéntico, desde cero—, que nadie se dio cuenta de que el chofer había tomado una calle equivocada hacia cualquier lado. Cuadra a cuadra nos fuimos metiendo en un barrio tenebroso, donde primero te miraban unos flacos extrañados, la cantidad de flacos crecía, la combi reducía la velocidad, y, al final, ya casi rodeados, empezaban a aparecer otros flacos, pero estos con AK-47. Nadie tuvo mucho tiempo para asustarse, porque el chofer abrió la ventanilla apenas le metieron dos cachetazos en el vidrio, y gritó: “¡Argentina, Argentina!” Los flacos de los kalachnikov miraron dentro, uno preguntó “¿Argentina?” y alguien desde la combi devolvió “¡Maradona!”. Nos dejaron ir. Recién entonces me di cuenta de que la mitad de los edificios —estos sí engruyereados a balazos pero sin otro al lado que oficie de simulacro— tenían banderas de Argentina colgadas de las ventanas. La otra mitad eran de Brasil. Era febrero o marzo, creo, y en nada empezaría Francia 1998.
Yo no creo que nos salvase el “¡Argentina!” desesperado del chofer sino el “¡Maradona!” preciso, estratégico del compatriota que gritó desde la combi. Gol al ángulo: nos salvó la pelota.
No hay nada más global que el fútbol. Ni Hollywood, ni el asco a Trump. Sólo la pelota es capaz de unir el amor de un chico de un guasmo de Esmeraldas y de una ingeniera de Beijing. No hay religión que reúna en sus catedrales las masas que convoca el fútbol. Jamás el planeta se ha paralizado por algo tan puntual, exclusivo y único como una final mundial. Y en medio de eso, un hombre —y, con creciente frecuencia, una mujer—, uno solo, tiene el privilegio de participar como espectador VIP. Y más aún: tiene el derecho, la prerrogativa y el poder de juzgarlo, condicionarlo, elevarlo o hundirlo: el árbitro.
No hay juez que amase mayor poder que un árbitro en la angustia nocturna de un hincha de fútbol, pletórico de pesadillas donde el magistrado arruina el partido perfecto. Un árbitro de fútbol es objeto de envidia menor y de rencores mayores. Un tipo que vive en offside.
Jamás otro individuo recibirá tanta atención debiendo ser tan poco importante —si, en una sociedad utópica, Santo Tomás, todos nos comportáramos según la norma. A la vez, jamás otro hombre tan poco importante —no mete goles salvadores ni gloriosos, no es una estrella, no nos conmueve, no defiende colores— ha sido tan determinante. El enorme poder democrático del fútbol permite que un ser menor, a veces un don nadie, pueda llegar a la cúspide nada más que por seguir y hacer cumplir la ley. (Pensándolo bien, no es poco dado el estado de cosas en muchas sociedades.)
Vivimos rodeados de magistrados determinantes, cada uno a su modo. Hay jueces de paz en los caseríos más ajados y olvidados de cualquier nación. Hay jueces de tránsito, electorales, laborales, civiles y penales. Hay jueces de provincia y de nación. Los hay de residencia y de pedanía. Hay jueces convencionales, ordinarios, unas rarezas llamadas ad quem y a quo —que no explicaré. Los hay que se declaran competentes o incompetentes, pero nadie los juzga así por sus capacidades intelectuales, sino funcionales: entienden o no en un asunto. Está el juez privativo, quien conoce de una causa específica, y, por supuesto, el juez promiscuo, que no anda en mugres morales sino en cochambres legales: atiende todas las causas.
Pero ninguno de ellos alcanza la categoría de gran juez, reservada a individuos de ámbitos determinantes que concentran atenciones complementarias e intercambiables, la de las naciones y la de los individuos. Por un lado, los magistrados de Corte Suprema, involucrados en los asuntos de la razón, entendidos en los asuntos críticos de una nación. Por el otro, los jueces de fútbol, asociados a cuestiones del corazón, que han de reglar sobre el asunto más crítico de la humanidad, esa desaforada pasión por la pelota.
De ambos, no hay magistrado que demande más horas de nuestra existencia que el señor que viste como un niño de cuatro años. El juez que ocupa los martes de Champions y los domingos de liga, el que amarga la noche del domingo, el desayuno del lunes y, dependiendo del país, media semana de conversaciones de café y oficina, no lleva toga ni peluca y jamás despachará con traje en el rectángulo. Fuera de aquel que puede dictarnos libertad o cárcel o liquidarnos en un divorcio, no hay hombre de justicia que provoque más nervios, enojos y burdas alegrías que un magistrado en pantalones cortos.
“¿Cuál es el rol de un juez de la Corte Suprema de Estados Unidos?”, se pregunta Walter E. Williams en American Contempt for Liberty. “Un juez de la Corte Suprema tiene un trabajo y sólo uno, y eso es: es un referí. No hay nada complicado en esto. El trabajo de un árbitro, sea en el fútbol o en la Corte, es conocer las reglas del juego y asegurarse de que ellas se aplican de manera pareja y sin prejuicios”.
Hay un punto en el que los jueces supremos de la nación tienen limitaciones, y esas son las fronteras nacionales. Sus fallos están restringidos por los contornos de un país. Un juez de fútbol, en cambio, tiene peso multinacional. Es el único magistrado capaz de enlutar a medio planeta si concede un gol clave al Barça o al Madrid o acabar con una generación íntegra de futbolistas manchando con malas decisiones una final de la Copa del Mundo.
Por supuesto, es indiscutible la importancia capital de la justicia, buena y mala. En algunas naciones de Medio Oriente, hay jueces que autorizan a demoler a pedradas a una chica semienterrada viva porque ha desobedecido la Sharia. En Estados Unidos los hay quienes autorizan penas capitales en una silla eléctrica o permiten vender rifles de asalto entre civiles. En medio mundo los hay, autorizados por la ley, a arruinarle la vida a miles de personas que quieren a otros de su mismo sexo.
Pero no, no estamos aquí para discutir la justicia de los hombres, sino la justicia divina. Puede que un juez de fútbol no nos condene a muerte[2], pero no hay otro más que él que pueda administrar penas capitales para nuestra fe y devoción.
[1] Los contó Gianni Infantino, uno por uno. Es probable que sólo convoquen mayor atención simultánea los eventos definitivos. Una guerra nuclear global, por ejemplo, o una invasión alienígena. O, tal vez, la cuarta venida de cristo, quizás imbuida de la redención total —si ya en la segunda reencarnó en D10S y en la tercera como el Messias, es factible que en la siguiente traiga Paz. (Tum-tum-tum-pif.)
[2] Lo sé, lo sé: sí hay referís que han provocado infartos. Pero no es el punto.
